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Capítulo 50:
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Mientras los hombres hablaban de negocios, María solo se fijaba en la comida. Le apetecía el cangrejo, pero las patas se habían servido sin cortar y tenía que mantener una imagen elegante delante de todos los empresarios. Además, se acababa de hacer la manicura, por lo que sería, como mínimo, un inconveniente comer cangrejo sin ayuda.
No pudo evitar quejarse para sus adentros del servicio. ¿Por qué no habían cortado o partido las patas de cangrejo, sobre todo para una cena de gala? Decidió en ese mismo instante incluir este restaurante en su lista negra.
Al darse cuenta de su mirada, Summer comprendió el antojo que María sentía por las patas de cangrejo y soltó una risita. Se acercó al plato, cogió unas cuantas patas para ella, se puso unos guantes y empezó a pelarlas. Partió una pata por la mitad, le quitó el caparazón y sacó la carne.
Mientras la observaba, María se apoyó la barbilla en la mano. Envidaba muchísimo a Summer. Si lo hubiera sabido, no se habría hecho la manicura y así también habría podido disfrutar del cangrejo.
Le gruñó el estómago.
Unos minutos más tarde, Summer puso el cangrejo pelado en un plato limpio y, cuando nadie miraba, se lo pasó a María.
María se sorprendió un poco y miró a Summer, quien le guiñó un ojo. María lo entendió y se le llenó el corazón de calidez. Cogió el plato y aceptó el gesto de amabilidad, saboreando la suculenta carne de cangrejo.
Ambas mujeres pensaban que estaban siendo astutas, pero no sabían que las estaban observando.
Summer y María no se han visto en seis años, pensó James. ¿Cómo es posible que sigan siendo tan íntimas?
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Tras acabarse el cangrejo, María estaba llena y le dolían los pies. Los nuevos zapatos de tacón que se había comprado no le quedaban bien, y sentía como si le ardieran los talones. Miró a su alrededor y, como nadie prestaba atención, se quitó discretamente un zapato para descansar el pie.
Qué falta de clase, María. Supongo que algunas personas simplemente nacen así, pensó James con desdén. Su pequeño gesto no se le había escapado.
Sus ojos brillaron. Cogió la jarra de vino, se sirvió una copa y, de repente, se levantó para proponer un brindis.
En cuanto se levantó, todos los demás comensales tuvieron que ponerse de pie también, incluida María. Gracias a James, ni siquiera tuvo tiempo de volver a ponerse el zapato. No fue por falta de intento. Buscó a tientas bajo la mesa con el pie durante un rato antes de ponerse finalmente de pie. No tuvo más remedio que mantenerse en pie sobre un solo pie, y esperaba que James terminara su discurso rápidamente para poder sentarse.
El hombre de pocas palabras no solo había decidido proponer un brindis, sino que además estaba hablando mucho. María se preguntaba si lo estaría haciendo a propósito.
Pasaron dos minutos y James aún no había terminado. Unos minutos más tarde, justo cuando María estaba a punto de dar un suspiro de alivio, continuó: «Acompañadme para brindar por todos los aquí presentes». Todos vitorearon y bebieron. «Señor Zheng, ¿le gustaría compartir sus opiniones con nosotros?».
Y Colby comenzó su propio brindis.
Nadie sabía lo avergonzada que estaba María. Llevaba cinco minutos de pie sobre un solo pie, sin que se vislumbrara el final. Cuando miró a James, vio que él la estaba mirando, claramente regodeándose.
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