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Capítulo 142:
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James se sentó en el sofá durante unos dos minutos y empezó a sentirse irritado, peor que cuando se queda atrapado en un atasco. Con el ceño fruncido, se quitó la corbata, se desabrochó la camisa y se quedó mirando la pared, perdido en sus pensamientos.
En el baño, María corrió la cortina de la ducha. Era algo característico del hotel: el cuarto de baño tenía una ventana francesa y, si la cortina no estaba corrida, una persona que estuviera en el dormitorio podía ver lo que ocurría en el baño, y viceversa. Precisamente por eso la corrió.
Desde el baño, miró a James a los ojos con aire desafiante mientras colgaba la toalla en el toallero. Luego se quitó el vestido mojado.
María se sentía segura de su cuerpo. Era esbelta, pero no huesuda, y tenía unas curvas perfectas.
James estiró los brazos detrás de la cabeza y se recostó contra el sofá, observándola con expresión impasible. En esa postura, parecía un emperador inspeccionando su territorio. «James, solo es una mujer. No te excites», se advirtió a sí mismo.
María apartó la mirada de él con una sonrisa y abrió el grifo de la ducha. En cuanto el agua caliente se derramó sobre su cuerpo y le resbaló hasta las heridas de las rodillas, se mordió el labio inferior para soportar el dolor.
En realidad no tenía ganas de ducharse, pero llevaba tanto tiempo bajo la lluvia que sentía el cuerpo sucio y no soportaba la idea de tumbarse en la cama así. Así que decidió darse una ducha rápida y, después, ponerse medicina en las heridas.
James se fijó en que una fina capa de vaho empezaba a cubrir el cuarto de baño, haciendo que la escena del interior resultara más difusa y encantadora. Le recordó al pasado, cuando él y María acababan de casarse. Como solo podría hacerse con el control del Grupo HL si le daba a Augustine un bisnieto, solía ir a casa a acostarse con ella cada vez que tenía un rato libre. El tacto sedoso de su piel y sus suaves gemidos de súplica en la oscuridad le pasaron por la mente. Sintió que estaba a punto de perder el control.
Hizo todo lo posible por calmarse y buscó a tientas un cigarrillo en el bolsillo, pero no encontró nada. Miró a su alrededor y vio un paquete de cigarrillos de mujer sobre la mesa. Se levantó, cogió uno y lo encendió.
De pie frente a la ventana, de espaldas al baño, dio una calada profunda. Tras unos segundos, dio un paso atrás y corrió la cortina. Frente al hotel había un bloque de pisos de gran altura y no quería que ninguno de los residentes de allí la viera.
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James por fin se tranquilizó tras fumar. Se acercó a la mesa y apagó el cigarrillo en el cenicero. Tras echar un último vistazo a María, que ahora se estaba lavando el pelo, salió de su habitación.
María oyó cómo se abría y se cerraba la puerta y supo que James se había ido. Ay, había vuelto a fracasar. Había planeado lanzarse sobre él después de refrescarse, pero él no había picado el anzuelo.
James salió a zancadas del hotel sin siquiera coger un paraguas. Por suerte, ya había dejado de llover.
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