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Capítulo 120:
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María estaba de pie sobre la cama con la silla a la espalda. Un sudor frío le brotó en la frente al ver que entraban corriendo otros tres hombres.
¡Ahora eran cinco hombres contra ella! Como era de esperar, James no quería que saliera de aquella, al menos no con vida.
Sabiendo que le esperaba una dura batalla, María apretó con fuerza la toalla que llevaba en la boca y tomó la iniciativa. Giró sobre sí misma y saltó de la cama, dando una patada a los dos hombres que tenía delante a la vez.
Al instante siguiente, los cinco hombres se abalanzaron sobre ella a la vez. María enganchó la lámpara de la mesilla con el pie, la lanzó al aire y la envió volando hacia ellos. Golpeó a uno de los hombres en la nariz, que empezó a sangrar de inmediato, mientras los demás se apartaban y se acercaban.
Como solo podía respirar por la nariz, María sudaba profusamente. No obstante, barrió el suelo con los pies en un círculo mientras la silla que llevaba a la espalda derribaba a los hombres uno tras otro.
Unos minutos más tarde, cinco hombres yacían en el suelo gimiendo, con el rostro magullado. María tampoco estaba en mucho mejor estado. Tenía los brazos y las piernas heridos por la pelea y por las cuerdas.
Uno de los hombres, agarrándose el pecho, logró ponerse en pie. Salió tambaleándose de la suite de María y llamó a la puerta de James. En cuanto James la abrió, el hombre se desmayó antes de poder decir una sola palabra.
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James frunció ligeramente el ceño al ver al hombre en el suelo. Al mirar hacia la puerta situada en diagonal frente a la suya, vio a María salir de su habitación con el pelo revuelto y una silla a la espalda. Estaba empapada en sudor, desde la ropa hasta la cara. Lo miró con calma, sin rastro alguno de ira ni de amor en los ojos.
El ruido procedente de la suite de María ya había llamado la atención, pero James había dicho al personal de antemano que ignoraran cualquier cosa que oyeran. Por eso, nadie se atrevía a acercarse a esa planta.
¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! Una ráfaga de aplausos resonó en el pasillo. Venía de James. En ese momento, no pudo evitar sentir una sincera admiración por María.
María le lanzó una mirada fría, luego se dio la vuelta y se dirigió hacia la sala de limpieza de esa planta. Abrió la puerta de una patada y se encontró con un empleado jugando con su móvil. Este se quedó mirándola, sorprendido, ante la mujer maltrecha que tenía delante. Antes de que pudiera decir nada, María dio una patada a las tijeras, sacándolas del portalápices del escritorio y tirándolas al suelo, indicándole que le cortara la cuerda.
Asustado por su actitud imponente, el empleado cogió las tijeras y, obediente, cortó la cuerda.
Ya libre, María utilizó las manos para quitarse la cinta adhesiva que le envolvía la cara. Se la fue despegando capa a capa, sintiendo un dolor ardiente en la piel aunque no lo demostrara. Cuando se quitó la última capa, tenía los labios sangrando. Tiró la cinta a la papelera y, por fin, se sacó la toalla de la boca. Jadeando, bajó la cabeza para examinar las heridas y los moratones de su cuerpo.
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