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Capítulo 10:
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Mientras observaba la cerradura con código, María decidió probar la contraseña original, la que había establecido hacía seis años. Si eso no funcionaba, tendría que recurrir a otros métodos. La contraseña era 361110.
El 6 de marzo era el cumpleaños de Arthur, y el 10 de noviembre, el de James.
Para su sorpresa, tras introducir los seis dígitos, sonó un alegre pitido. Probó a abrir la pesada puerta y se llenó de alegría al comprobar que estaba abierta.
Le temblaban las manos en el aire. Se quedó paralizada en la puerta del salón, como una estatua. Había venido preparada y llevaba muchas herramientas en la mochila, una de las cuales podría haber utilizado para forzar la cerradura electrónica, pero parecía que las había traído en vano. De repente, sintió una punzada de arrepentimiento. Si hubiera sabido que la contraseña no había cambiado, nunca habría sacrificado su dignidad pidiendo permiso a James para venir aquí. Simplemente lo habría hecho. Todo lo que había hecho, desde conocer a James hasta aguantar los insultos y beber esas botellas de licor, había tenido como objetivo llevarla hasta ese momento.
Cuando María salió de su ensimismamiento, supo lo que tenía que hacer a continuación.
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Dejó la mochila junto a la puerta y sacó una linterna de ella. Luego se quitó los zapatos y entró descalza en el salón.
El haz de luz de la linterna zigzagueaba por la silenciosa habitación mientras María echaba un vistazo a su alrededor con cuidado. A primera vista, parecía que no había cambiado en absoluto, pero poco a poco fue percibiendo sutiles diferencias.
La enorme foto que había colgado en la pared, tomada cuando Arthur tenía un mes, había desaparecido.
Todos los muebles estaban cubiertos con fundas blancas antipolvo. María extendió la mano y tocó una esquina, y el polvo se le quedó pegado a los dedos. Se daba cuenta de que hacía mucho, mucho tiempo que nadie había estado allí.
Caminando sobre el suelo frío, se dirigió a una esquina del salón. Allí solía haber un armario, pero también había desaparecido.
Hace seis años, el accidente de Arthur había ocurrido justo allí. Había oído sus gritos y visto la sangre en el suelo.
La trágica escena se repetía en su mente. Apretó la linterna con fuerza, respirando cada vez más rápido. El sudor le perlaba la frente y sentía como si el corazón fuera a estallar.
En trance, volvió a ver a Arthur, con su adorable sonrisa. Su voz llamándola «mamá» resonaba en sus oídos.
María extendió la mano y llamó en voz baja: «Arthur… Mamá ha vuelto». Vio a Arthur estirar sus bracitos regordetes para darle un abrazo.
«¡Arthur, te echo tanto de menos!».
Quería tocarle la cara al niño, pero este se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos.
Delante de ella solo había suelo vacío. La voz de Arthur había vuelto a desaparecer y se vio envuelta en un silencio opresivo.
María se llevó las manos al corazón dolorido, mientras las lágrimas le resbalaban por su precioso rostro. ¡Arthur, mi Arthur!
Al cabo de un buen rato, se recompuso y subió las escaleras con pasos pesados.
No había cambiado mucho en la segunda planta. Caminó descalza por la suave moqueta hasta la puerta de la habitación más interior. Era el dormitorio principal, la misma habitación que había contemplado desde la verja de la villa la primera noche que regresó a la ciudad.
María puso la mano en el pomo y abrió la puerta con suavidad.
A pesar del mobiliario, el espacioso dormitorio parecía vacío. La gran cama del centro estaba cubierta con una funda protectora. Faltaban la cuna que había estado junto a la cama y la foto de boda de ella y James que colgaba de la pared hacía seis años.
Aunque se trataba del dormitorio principal, María había pasado la mayor parte de su tiempo allí con Arthur. Aún podía percibir el aroma que solía desprender su hijo. ¿O era solo su imaginación?
Se dirigió a la habitación situada frente al dormitorio principal. Se suponía que iba a ser la habitación de Arthur, pero él nunca la había utilizado.
La decoración era la misma que hacía seis años: el papel pintado estaba adornado con pequeños animales de dibujos animados. Pero habían quitado las fotos y la cuna de Arthur la habían trasladado aquí. Al mirar a su alrededor con atención, María descubrió que todas las fotos de ella y Arthur se habían guardado en una caja.
La abrió y cogió una foto. Era de su difunto hijo. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Se tapó la boca con fuerza y se esforzó por no llorar.
Arthur, mamá está aquí. ¡Te echo tanto de menos!
Al final, lo único que María pudo hacer fue abrazar la foto de su hijo y llorar. Se balanceaba de un lado a otro, abrumada por el dolor.
Fuera de la villa, pasó un guardia de seguridad. Al oír unos llantos débiles, se asustó. Recordó que un amigo le había contado que alguien había muerto allí hacía seis años. Se preguntó quién o qué estaba haciendo ese ruido.
Cuando se detuvo a escuchar, los llantos parecían haberse desvanecido. Quizá solo fuera su imaginación. Armándose de valor, dio unos pasos hacia la verja de la villa, luego se detuvo de nuevo y escuchó un rato, pero no oyó nada.
Estaba seguro de que había oído mal. Estaba a punto de marcharse cuando el llanto de una mujer volvió a salir de la villa.
Esta vez, el guardia se asustó tanto que le fallaron las piernas y casi se hace pis encima. No se atrevió a entrar para ver qué estaba pasando. En lugar de eso, salió tambaleándose y echando a correr.
Corrió hasta la sala de vigilancia, jadeando, mientras sus compañeros lo miraban fijamente. Tenía los ojos clavados en el monitor, pero durante las dos horas siguientes no vio nada. Eso solo le asustó aún más. A partir de esa noche, siempre evitaría aquella villa, temeroso de toparse con algo sobrenatural.
Antes del amanecer, María volvió a colocar todo en su sitio en la Villa Fairview y se marchó tan silenciosamente como había llegado.
Poco después de que se marchara, los dardos con ventosa perdieron su succión y cayeron al suelo, y los monitores volvieron a la normalidad.
El Grupo HM había contratado a María, y ella comenzó a trabajar como secretaria. ¿Qué mejor lugar para esconderse que a plena vista? Aunque no era un puesto importante y el sueldo era bajo, a ella no le importaba. Solo necesitaba echar raíces en la ciudad para poder llevar a cabo su plan paso a paso.
Tras haber estado en Fairview Villa y haber pasado la noche allí sin que nadie se diera cuenta, María se volvió aún más atrevida. Aquella tarde, volvió allí por la misma ruta, esta vez llevando algunos artículos básicos de uso diario. Afortunadamente, aún era verano, así que no necesitó llevar mucho. Se quedó allí toda la semana, sumergiéndose en sus recuerdos de Arthur.
Era otra sofocante noche de verano. Un hombre apareció en la puerta de Fairview Villa y, tras unos segundos, la cerradura emitió un pitido, dejando entrar al misterioso visitante. Sus zapatos de cuero negro, nuevos a más no poder, brillaban a la luz de la luna. Sus fríos ojos escudriñaron la oscuridad y, a continuación, entró en el salón.
La planta baja de la villa estaba tan silenciosa como siempre. Se quedó de pie en silencio abajo durante unos minutos, absorto en sus pensamientos. Finalmente, se aflojó la corbata y subió a la primera planta.
La moqueta del pasillo estaba limpia y blanca, como nueva. Caminó sobre ella sin quitarse los zapatos.
Al acercarse al dormitorio principal, el hombre intuyó de repente que algo no iba del todo bien. Se detuvo ante la puerta. Estaba cerrada, pero no con llave, como debería haber estado.
Habían pasado seis meses desde la última vez que James estuvo allí. Recordaba claramente haber cerrado él mismo la puerta al marcharse, y a nadie más se le había permitido entrar. Empezó a mirar a su alrededor, preguntándose qué pasaba.
En ese mismo instante, María abrió los ojos de golpe. Estaba a punto de dormirse, pero notó que algo no iba del todo bien. Intuyó que había alguien al otro lado de la puerta y se incorporó en silencio.
Es la una de la madrugada. ¿Quién vendría aquí a estas horas?, se preguntó.
Podía oír cómo giraba lentamente el pomo de la puerta. No había tiempo para adivinar quién era. Se levantó rápidamente de la cama y se escondió detrás de la gruesa cortina, dejando su fina colcha y una almohada sobre la enorme cama.
Afortunadamente, no había corrido la cortina antes de acostarse, porque no quería llamar la atención de los guardias. La luz del sol sería su despertador. Estaba tan callada como un ratón, con los sentidos en alerta máxima y el cuerpo tenso. Contuvo la respiración e intentó hacerse invisible.
El misterioso visitante abrió la puerta, pero no entró. Su mirada de águila recorrió la habitación. No vio a nadie, pero percibió una tenue fragancia.
Olfateó. ¿Perfume? ¿Una mujer?
Entonces entró y se dio cuenta de que habían quitado la funda protectora de la cama grande. A la luz de la luna que entraba por la ventana, pudo ver la almohada y la colcha arrugadas. Era obvio que alguien había estado usando la cama.
El hombre se acercó en silencio, y su rostro fue apareciendo poco a poco a la luz de la luna. Era James. ¿Dónde está ella? Palpó la cama, y aún estaba caliente. Eso significaba que el intruso no podía de haber ido muy lejos.
Tampoco podía saber cuánto tiempo llevaba allí la ocupante. Ella lo había oído incluso sobre aquella mullida alfombra, lo que significaba que no se enfrentaba a un intruso cualquiera.
Los labios del hombre esbozaron una sonrisa indescifrable en la oscuridad. La ventana seguía cerrada y había pocos muebles en la habitación, así que la persona probablemente aún estaba allí.
James siguió buscando y sus agudos ojos se fijaron por fin en la cortina de la esquina. Era el único lugar donde alguien podía esconderse. Dejó de avanzar. Ahora que estaba seguro de dónde se encontraba la persona, no tenía prisa por dar el siguiente paso. Tenía que ser paciente, como una serpiente acechando a un ratón.
Detrás de la gruesa cortina, María no veía nada. Intentó escuchar para averiguar si él seguía allí, pero lo único que oía era los latidos de su corazón. Tenía los nervios de punta y la boca seca.
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