✨ Nuevos capítulos cada martes y viernes
✨ Descubre más novelas completas aquí
Si te está gustando la lectura, me ayudarías mucho compartiendo la web 🌟
Capítulo 75:
🍙 🍙 🍙 🍙 🍙
El aire se espesó y la niebla se extendió como una bruma escalofriante. Owen tropezó y su pie se enganchó en una raíz oculta. Arthur lo agarró del brazo para estabilizarlo, pero su tacto era frío y distante.
«Arthur, creo que hemos cometido un terrible error», susurró Owen, su voz apenas audible por encima del susurro de las hojas.
La mirada de Arthur se entrecerró y sus ojos brillaron con una luz antinatural.
«Tonterías, Owen. Hemos dado el primer paso para reclamar el trono».
Pero Owen sabía que no era así. Sentía el dolor del bosque, su angustia resonando en su propio ser. Habían alterado el equilibrio, y ahora se desencadenarían las consecuencias.
A medida que el cántico de la Bruja Negra se hacía más fuerte, Owen sentía que la oscuridad se cerraba a su alrededor. No podía evitar la sensación de que habían cometido un terrible error, de que el poder que buscaban tenía un coste demasiado alto.
Arthur, sin embargo, parecía embelesado, con los ojos fijos en la Bruja Negra con una intensidad desconcertante. A Owen le dolió el corazón al darse cuenta de que su amigo se deslizaba cada vez más hacia el abismo, consumido por la ambición y el ansia de poder.
«Arthur, detén esto», susurró Owen, con la voz temblorosa por la urgencia.
«No podemos controlar este poder. Nos destruirá, todo lo que apreciamos».
Pero Arthur no respondió, su mirada se clavó en la Bruja Negra como si estuviera hipnotizado. Owen sintió que un escalofrío le recorría la espalda al darse cuenta de que estaba perdiendo a su amigo, de que la oscuridad estaba reclamando el alma de Arthur. Con un impulso de desesperación, Owen extendió la mano y agarró el brazo de Arthur.
«Por favor, Arthur, escúchame. Debemos detener esto antes de que sea demasiado tarde».
Los ojos de Arthur parpadearon, su mirada finalmente se liberó del hechizo de la Bruja Negra. Por un momento, Owen vio un destello de su amigo, de la persona que una vez conoció. Pero se extinguió rápidamente, sustituido por una fría y calculadora determinación.
«Es demasiado tarde, Owen», dijo Arthur, con voz carente de emoción.
«Hemos llegado demasiado lejos. No me dejaré influenciar ahora».
El corazón de Owen se hizo añicos y su mundo se derrumbó a su alrededor. En ese momento supo que había perdido a Arthur para siempre, que la oscuridad lo había reclamado por completo.
A medida que pasaban los minutos, la obsesión de Arturo por el trono crecía, consumiéndolo como un fuego voraz. Pasaba cada momento que estaba despierto estudiando los tomos antiguos, practicando magia oscura y consultando con la Bruja Negra.
Owen vio con horror cómo se aceleraba la transformación de su amigo. Los ojos de Arthur adquirieron un brillo maníaco y su sonrisa se transformó en una mueca grotesca.
Habían estado en compañía de la Bruja Negra durante más de cinco horas. Ella había dicho que era necesario para solidificar su magia en Arthur. Esa noche, mientras estaban sentados en la cabaña de la Bruja Negra, la risa de Arturo resonó en la oscuridad, provocando escalofríos en Owen.
«¡Ya lo veo, Owen!» exclamó Arthur, con la voz temblorosa por la emoción.
«¡El trono, el poder, la gloria! Todo está a mi alcance». La Bruja Negra cacareó, sus ojos brillando con malevolencia.
«Sí, Arthur, estás destinado a la grandeza. Y con mi guía, lo lograrás».
Owen sintió una punzada de tristeza, con el corazón oprimido por los presentimientos. Sabía que la ambición de Arthur sería su perdición, que la oscuridad acabaría por consumirlo.
Pero aún así, se aferró a la esperanza, un rayo de luz en la oscuridad. Tal vez, sólo tal vez, podría salvar a su amigo, traerlo de vuelta del borde de la destrucción. Sabía que el costo de convertirse en el segundo al mando de Arturo sería grande, pero nunca imaginó que sería tan grande.
Enderezó su mente, su enfoque fijo en el trono. Tal vez, sólo tal vez, podría derrocar a Arturo. Pero primero, que sea coronado rey.
Tomará lo que se merece.ROMANO
.
.
.