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Capítulo 975:
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Le gustaba la versión actual de ella, que había perdido la memoria y solo confiaba en él.
Secretamente esperaba que pudiera permanecer con él así para siempre.
Nora sabía que la Crema Eliminadora de Cicatrices era difícil de conseguir y rara vez estaba disponible en el mercado negro. Alguien con suerte la había comprado hacía un año. No podía evitar preguntarse si esa persona ya la había usado.
La luz del sol entraba en la habitación.
El hombre sonrió y la miró con ternura. Deseaba su felicidad eterna, creyendo que realmente se la merecía.
Después de despedirse de Joanna, Susanna siguió a su hermano de vuelta a las Dreamview Villas. Al pasar por la villa de Norah, Susanna apretó la cara contra la ventanilla del coche, con la mirada intensa y anhelante.
Reflexionó sobre cuándo volvería a ver a Norah y estaría a su lado de nuevo.
Phillip la apartó suavemente de la ventanilla. «Por favor, no te pegues a la ventanilla».
De mala gana, Susanna se recostó, con expresión enfurruñada. Sean se apoyó en el asiento con los ojos cerrados. El silencio envolvió el coche.
Desde que le dieron el alta en el hospital, Susanna vivía con Sean. Este arreglo le permitía estar cerca de Phillip, mientras que las frecuentes ausencias de Sean le daban una sensación de libertad.
Temía la idea de volver a casa. Estar cerca de sus padres y de Nancy le resultaba inquietante. Se había formado una fisura en su corazón, una que era irreparable.
«Phillip, ¿podrías acompañarme a visitar a mi abuelo más tarde?», le susurró Susanna al oído a Phillip, con su aliento cálido, lo que hizo que su oreja se sonrojara.
Con picardía juguetona, le mordisqueó la oreja, provocando una mirada aguda de él.
Sus ojos brillaban triunfalmente, desafiándolo en silencio. Aunque Phillip deseaba abrazar a Susanna y besarla, se contuvo en presencia de Sean.
En su lugar, Phillip pellizcó ligeramente la mejilla de Susanna, una advertencia juguetona para más tarde, cuando estuvieran solos.
Sean se volvió ligeramente, con voz fría y severa. «La próxima vez que hagas tales muestras públicas de afecto delante de mí, tendrás que buscar otro transporte».
Susanna sacó la lengua en broma. «No volverá a pasar», prometió.
Sus travesuras afectuosas continuaron discretamente.
Cuando el coche se detuvo en el garaje subterráneo, Phillip se apresuró a abrir la puerta y tomar la mano de Susanna, ayudándola a salir.
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