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Capítulo 719:
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«¿Y?», exigió Hank, apretando más su mano contra su cabello.
—Preguntó por mi relación con Samira —respondió Hadley, haciendo una mueca de dolor por el agudo dolor en el cuero cabelludo.
—¿De verdad?
—Sí —dijo Hadley, con voz temblorosa. Su anterior sumisión pareció tranquilizarlo. Le soltó el pelo, pero una mirada enloquecida aún brillaba en sus ojos.
—No me mientas —advirtió, con voz de gruñido bajo.
Un dedo le rozó con dureza la mejilla, dejándole un rasguño punzante.
«Si vuelve a llamar…», empezó, y luego se quedó en silencio.
La idea de la inminente muerte de Norah lo calmó un poco.
«Ahora ya no importa», murmuró.
«Pero recuerda, quien me traicione pagará el precio. Quédate aquí. Ni se te ocurra irte, o te arrepentirás».
Hadley se acurrucó más en la cama, con el miedo punzándole la piel. El recuerdo de su violencia pasada la estremecía. Mientras la palabra «traición» flotaba en el aire, un nuevo miedo la carcomía. ¿Podría Norah haber descubierto su aventura con Larry? El pánico se le atragantó en la garganta. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Se lo había contado Norah a alguien? Un torbellino de preguntas se arremolinaba en la cabeza de Hadley. Una desesperada comprensión se apoderó de ella. Al advertir a Norah, ¿no había tomado partido ya?
Un rayo de esperanza brilló en medio del miedo. Quizá Norah no era tan indiferente a los Wilson como parecía, pensó Hadley.
Norah colgó el teléfono con una sonrisa de satisfacción en los labios. La lealtad de Hadley le agradaba, pero la confundía. Parecía que Hadley creía que ejercía algún poder oculto sobre los Wilson.
En cuanto al divorcio que había mencionado Hadley, Norah sospechaba que había violencia doméstica. El temperamento de Hank era una bomba de relojería, lista para explotar ante cualquier ofensa. Quizás eso era lo que alimentaba el deseo de escape de Hadley. La violencia doméstica, una vez desatada, rara vez se quedaba en un hecho aislado.
Norah juró usar esta nueva ventaja. Si surgía la oportunidad, le pagaría la lealtad a Hadley.
El taxi se detuvo frente al Cloud Club y Norah se bajó, enviando un mensaje a Sean. El club, un faro de exclusividad para la élite de Silverdale, se alzaba ante ella. La membresía era una necesidad, sus cuerdas de terciopelo un símbolo de riqueza y poder.
Norah observó la imponente entrada custodiada por cuatro hombres fornidos. Sus miradas de acero y sus físicos tonificados sugerían un pasado militar. Sean había mencionado que estaría allí en media hora, dejando a Norah a su suerte. Al ver un banco junto a la entrada, se acomodó y sacó su teléfono. Con la cabeza gacha, le envió un mensaje de texto a Gilda.
«Señorita Norah, ¿no debería tener guardaespaldas? Necesita protección si aparece el asesino», escribió Gilda preocupada. Norah respondió con frialdad: «No es necesario. Céntrate en tu tarea».
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