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Capítulo 692:
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La herida de su rostro seguía sangrando profusamente.
Temblando incontrolablemente, se dio cuenta de la gravedad de sus heridas. Sorprendido por el daño involuntario, el director tiró el palo, soltando su agarre del cabello de ella.
Rosalee se desplomó en el suelo, temblando de miedo, incapaz de pronunciar palabra.
«¡Joder!».
El director maldijo, dándose cuenta de las consecuencias de sus actos. La mujer, que antes era cautivadora, ahora llevaba las marcas de su rabia, su belleza empañada por el cruel giro del destino.
La sangre brotaba de la herida, manchando el vestido de Rosalee, que antes era impoluto.
El deseo del director se desvaneció cuando cogió su teléfono y marcó rápidamente el número de emergencias del hospital.
«Si al menos hubieras escuchado… ¡Bueno, ya tienes lo que querías!», murmuró en voz baja, con tono de reproche, antes de salir de la habitación, mientras se reponía del dolor de la reciente patada.
El asombro de Norah fue evidente cuando posó los ojos en Rosalee en la sala del hospital. El recuerdo de su resplandor en el evento de caridad aún estaba fresco, ahora eclipsado por la cruda realidad que tenía ante sí. La ropa de Rosalee colgaba hecha jirones, y la herida abierta en sus ojos dejó su rostro, que una vez fue hermoso, irreconocible. ¿Una figura pública como Rosalee, sola en un hospital? La confusión de Norah se hizo más profunda.
Cuando los transeúntes empezaron a reconocer a Rosalee y a sacar sus teléfonos, Norah entró en acción, la condujo a la intimidad de la zona de pacientes y cerró bien las cortinas.
Temblores sacudían el cuerpo de Rosalee mientras se abrazaba con fuerza, su mirada perdida en un mundo de dolor y confusión. Norah limpió rápidamente su herida, asegurándose de eliminar cualquier suciedad o residuo.
Mientras Norah se preparaba para coser la herida, Rosalee salió de su aturdimiento.
«¿Norah?».
Incluso con la mascarilla puesta, Rosalee supo que era Norah, reconociéndola por sus llamativos ojos. Nunca supo que Norah era médico.
«Señorita Wilson, ¿me quedará bien la cara?».
El dolor de la herida palpitaba sin cesar. Rosalee no se atrevía a mirarse en el espejo, pero podía sentir la longitud de la herida. «¿Me quedará una cicatriz?».
Rosalee temblaba mientras sollozaba, con lágrimas que le corrían por el rostro.
«Señorita Greville, hablemos de ello cuando termine de curarle la herida».
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