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Capítulo 1220:
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Norah entrecerró los ojos, considerando una posible colaboración en la medicina.
Bainbridge captó su intensa mirada y se estremeció, diciendo: «Norah, ¿por qué me miras así?».
«Por nada».
Norah miró a Bainbridge como si fuera un interesante sujeto de investigación, con una expresión todavía amable.
Bainbridge se frotó la nuca, intranquilo. Los cuatro estaban bastante intrigados por Norah. Roseanne incluso la invitó a ver su universidad. Bainbridge la invitó a su laboratorio, y Norah aceptó todas sus invitaciones.
Los miembros de la familia Frazier acogieron a Norah como a una de los suyos, a diferencia de la distancia de la familia Wilson.
Pronto, Caylee se acercó para buscar a Norah.
«Tu abuelo rara vez está lúcido estos días. Norah, por favor, ven conmigo a verlo».
Reconociendo su deber familiar, Norah acompañó a Caylee a la habitación.
Los ojos de Bernice estaban enrojecidos por el llanto y Huntley le pasaba pañuelos. Se desconocían los detalles exactos de su conversación anterior, pero los había conmovido a todos hasta las lágrimas, incluida Caylee.
«Norah», dijo Bernice, con la voz apenas por encima de un susurro. «¿Podrías ver cómo está mi padre? ¿Hay alguna posibilidad de que se recupere?».
Atormentada por la predicción del médico de que a su padre solo le quedaban unos meses de vida, Bernice rompió a llorar.
Después de reunirse con su padre tras una separación tan larga, ¿estaba ahora destinada a perderlo para siempre? ¡Se negaba a aceptar esa posibilidad!
«Norah, por favor, salva a tu abuelo. Te lo ruego», sollozó Bernice.
Huntley y Caylee, que desconocían las habilidades médicas de Norah, estaban desconcertados por la petición de Bernice de que su hija ayudara en lugar de un médico profesional.
Norah calmó a Bernice dándole unas palmaditas en la espalda. «Mamá, por favor, no llores. Iré a ver al abuelo ahora mismo».
Abrió la puerta y entró. La habitación estaba llena de equipos médicos, lo que hacía que el gran espacio pareciera estrecho.
El anciano de la cama respiraba superficialmente, con el rostro oculto por una máscara de oxígeno que se empañaba intermitentemente. Su mano, conectada a un goteo intravenoso, mostraba las marcas de la edad con sus arrugas y callosidades.
Cuando Norah se acercó, los ojos del anciano se abrieron.
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